20 abr. 2020

Cuando los hermanos Gálvez y Juan Manuel Fangio pasaron por San Salvador

Aquella  carrera  del  ´39

San Salvador en su Cincuentenario…  el paso del Gran Premio Argentino de Turismo Carretera… la presencia de los hermanos Gálvez y del futuro Quíntuple Campeón Mundial: Juan Manuel Fangio.

Por Pedro Martín
Viernes 20 de octubre de 1939. Lisandro Castro observó su reloj. Quizá eran las dos, tal vez las dos y media de la tarde. Los pobladores de San Salvador junto a su intendente, y a su fundador, esperaban el paso del Gran Premio Argentino de Turismo Carretera. La lluvia de la noche anterior había hecho lo suyo y se estaba retrasando por demás el paso de las máquinas. El camino de tierra por donde transitaban los autos desde Paraná a Concordia, en lo que era la segunda jornada, se había convertido en un rosario de agua y barro.
La carrera había comenzado a la hora cero del jueves 19 en la ciudad de Buenos Aires. Partieron 133 máquinas en dirección a la provincia de Córdoba, pero a mitad de camino los cubrió una lluvia torrencial. Allí comenzaron los accidentes con los vuelcos de Ayala, Gamarra y Newton. Al llegar a la provincia mediterránea, y sin detenerse, encaminaron hacia la ciudad de Santa Fe para arribar al cierre de la primera etapa y su correspondiente control. Hasta aquí el parque registraría el abandono de 14 participantes.
Esa tarde noche, las máquinas subieron a las balsas y cruzaron el río Paraná. A la mañana siguiente, la carrera se reanudó desde la capital entrerriana hacia la ciudad de Concordia. Anoticiados que la lluvia también había afectado el litoral, Francisco Borgonobo, un organizador, se justificó en aquel entonces:
“…sabíamos que había llovido hasta Viale, sin que esto representara inconveniente alguno… recurrimos a los conocedores de la zona… y no convenía postergar… “
Mientras tanto, en cada pueblo, los vecinos se apostaban a la vera del camino. San Salvador no era la excepción, Alfonso Jourdán, en aquel entonces de diecisiete años, hoy recuerda desde sus noventa y tanto de años:
“Estábamos enterados del paso de la carrera porque unos días antes había recorrido el camino gente de la organización…”
Para entonces, las nubes se habían corrido y la temperatura iba subiendo a la hora de la siesta. Frente a la plaza del pueblo, el octogenario Coronel permanecía sentado en el interior de su automóvil; por si acaso, Don Francisco y algunos vecinos conservaban a mano sus paraguas. 

La espera de los sansalvadoreños no fue en vano. De repente, un Ford V8 salpicado hasta el techo de barro, pero que dejaba distinguir un exagerado número 23 en sus puertas, irrumpió en el pueblo. Alfonso nos dice:
“Con el tiempo fuimos conociendo quienes eran aquellos pilotos que pasaron por nuestro pueblo…   Pero en ese momento eran unos desconocidos!!! ”  Maniobrando en el barro y a los banquinazos, la máquina que tomaba la delantera había tardado seis horas en cubrir los 169 km de Paraná a Villaguay… pero ahora… embistiendo la Lomada Grande… envuelto en un ruido infernal… parecía reaccionar y tomar buen ritmo; su volante: Oscar Alfredo Gálvez, y su hermano Juan de acompañante.
“El paso por Entre Ríos se dio sobre un piso pesado, donde muchos se encajaban en el barro…  la disposición de los elásticos del Ford, más altos, les daba una ventaja sobre los Chevrolet “ explica Alfonso, que luego hará de la mecánica de automóviles su profesión.
El Gran Premio se había programado: Buenos Aires, Córdoba, Santa Fe, Entre Ríos, Corrientes, Chaco, Sgo. del Estero, Salta, Tucumán, Catamarca, La Rioja, San Juan, Mendoza, La Pampa, Bahía Blanca y llegada a la ciudad de La Plata. El paso por Entre Ríos se transformó en un verdadero tormento, los autos salían de un pantano para caer en otro y muchas veces terminar siendo remolcados por caballos… A la altura de Raíces varios terminaron su aventura encajados en las zanjas y hasta tapados por el agua…como lo fue la cupé de Antonio Pereyra…; en Jubileo dejó la competencia Carlos Valerdi con su Ford Nº 58… luego contaría que una familia le facilitó ropa seca… y una cama matrimonial para él y su acompañante!
Pero estamos en la Lomada Grande, donde a esta altura del año un tal Félix Mauricio Bourren Meyer siembra unas 29 hectáreas de arroz, un arroz conocido como Blue Rose, y esta lluvia será más que espléndida para su nacimiento…! Para esto, ya han pasado y dejado su estela de olor a nafta y combustión una decena de máquinas…
En pleno pueblo, de repente se recorta frente a las paredes blancas del flamante  Hospital de Caridad San Miguel un Chevrolet negro, luce el número 38 en sus costillas; en el control de Paraná partió clasificado en el puesto ciento ocho…! Ahora viene devorando posiciones a un ritmo demoledor y la estadística lo registrará noveno en el final de esta etapa. El conductor está haciendo sus primeras armas en el automovilismo, su nombre: Juan Manuel Fangio. Héctor Tieri el de su acompañante.
El carnet que lleva a bordo Juan Manuel Fangio indica que nació en la ciudad de Balcarce y tiene 28 años; ya ha debutado en carreras menores, pero será esta su primera de Turismo Carretera. El Chevrolet negro que conduce y marca sus ruedas en la tierra sansalvadoreña fue adquirido recientemente en una colecta que realizaron sus amigos. Puntualmente colaboraron 240 personas.  Agradecido, el entonces futuro Quíntuple Campeón Mundial siempre tendrá presente la lista de estos conciudadanos. Hoy se puede apreciar esa nómina histórica en el museo del automóvil que lleva su nombre.
“Yo quería comprar un Ford, pero no había. Se venía la fecha de largada y en la agencia había en exposición una cupé Chevrolet ´39 de color negro… y la llevamos al taller”, recordaría el piloto.
Ya en Córdoba el Chevrolet de Fangio acusó problemas en el consumo de aceite. Hicieron un agujero en el tablero, pasaron una manguera hasta la tapa y cargaron varias latas de lubricante. Tieri llegaría negro como un carbonero. Agregaba lubricante por la manguera y soplaba para que bajase… el motor tiraba aceite por el venteo formando gases que a su vez… salían por la manguera y llenaban de humo el coche!
Aquí en el pueblo, hace un año que el Padre Ernesto Borré conduce los destinos espirituales de la parroquia; gusta demasiado del fútbol y nada dice de automovilismo… pero cuando el grueso de las máquinas comienza a arribar y se hace sentir…  se suspende la siesta y todo el pueblo, cura también, se congregan al paso del Gran Premio. Las máquinas, las que van quedando, siguen pasando camino al Casafuz, al Calaveras, al Arroyo Grande...
Algunos pilotos recordarán que en cierto poblado aminoraban la marcha de sus coches y desde el costado de la carretera unas mujeres arrojaban baldazos de agua para limpiar los parabrisas… Aquí no faltó la nota de color:   
“Muchos vecinos estábamos atentos al paso de la carrera…, don Lisandro, el Coronel Malarín -que yo conocí-, algunos policías montados… de pronto un borrachín de a caballo, entonado, que se planta en el medio del camino por donde pasaban los autos… y fue la desesperación de los milicos que de inmediato intentaron pecharlo con sus pingos, y a esto que se escuchan y se vienen un par de máquinas…  fue necesario que lo sacaran a sablazo limpio ante la carcajada de todos…!” nos cuenta don Jourdán.
El arribo a Concordia, frente a la Iglesia Nuestra Señora de Pompeya, fue penoso. El público impaciente, soportando la llovizna… se los esperaba al mediodía y llegaron pasadas las seis de la tarde. El vencedor tardó nueve horas y cinco minutos para estos 307 kilómetros. Algunos pilotos y acompañantes llegaban descalzos luego de perder sus zapatos al intentar desencajar los autos del barro. Algunos coches estaban embarrados hasta en su interior y sus conductores irreconocibles. Finalmente arribaron 41 máquinas; pilotos y acompañantes todos vencidos. La organización resolvió dar por terminado el Gran Premio con apenas dos etapas corridas.
Para Oscar Alfredo Gálvez y su hermano Juan no fue poca cosa: ganaron su primer Gran Premio de automovilismo…   Nuestros vecinos, además, vieron correr al futuro Quíntuple Campeón Mundial.
Ese fin de semana  algunos se arrimaron a la estación de trenes y tuvieron su yapa: en los vagones del ferrocarril eran trasladados, abatidos, casi que apaleados, hombres y maquinas que se habían quedado a mitad de camino.  Fuente: Edición Especial de los 35 años de LA SEMANA.

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